No pensé que fuera a pasar. No me puedo creer que mi sueños llegaran a cumplirse.
Había escuchado historias de princesas, de esas que viven en mundos imaginarios, de fantasía y animales que bailan. Pero para mí, una princesa es una persona real, con una sonrisa mágica, porque nuestro mundo no está separado de la ilusión.
Y resulta que conocí una princesa de esas que son sencillas, pero te embrujan con su mirada. En mis sueños nunca había estado tan bien definida como la estaba viendo en ese momento, en aquella mesa de la biblioteca. Aquel día mi vida cambió. Desaparecieron los miedo, y me armé de la valentía que los protagonistas de las historias tienen, y quise sentarme a su lado. Vale que no ocurrió el primer día de biblioteca, no os vayáis a pensar. Soy valiente, pero no he perdido mi vergüenza.
Después de sentarme con ella, lo difícil había pasado. En realidad... hablar teníamos que hablar poco, porque ya me diréis que hace falta hablar en una biblioteca. Pero estar allí sentado me sirvió para en descubrir que un sueño estaba tomando forma allí mismo: una princesa que amaba lo que estudiaba y lo que hacía. Lo supe por los colores con los que dibujaba sus apuntes.
Poco podía hacer. Y sin embargo, allí estaba, dedicándome su mejor sonrisa. Me perdía en el mar de sus ojos.
- Perdona, ¿me puedes dejar el cargador del móvil?- me dijo ella. Por su cara, debía habérmelo dicho dos o tres veces, pero no me había enterado. Sentí el calor en mi cara, y ella también lo sintió, porque se sonrió divertida. No podía ser más perfecta.
Pasaban las horas, y ella y los demás estudiantes, pasaban las hojas. Y yo, lo único que pasé fue vergüenza. ¿Me estaba enamorando? Se acercaba la hora de cerrar la biblioteca, y nos dieron el aviso de irnos. La chica me pasó una nota en un post-it, "He visto tu libro, ¿estudias para enseñar? Si vuelves mañana, ¿me prestas el libro un momento?" La miré. Me estaba sonriendo, con la mirada más dulce que me he encontrado nunca. Yo le dije que si con la cabeza, y antes de que pudiera abrir la boca, me contestó: "Te guardo el sitio".
Se estaba alejando, y no pude evitar ver como se marchaba, escaleras abajo. Cada escalón que bajaba, su melena se agitaba para pegarse de nuevo a la espalda. Mis ojos se escapaban, y miraron más abajo. Definitivamente, era perfecta, y yo me había pillado en tan solo unas horas.
Cuando me fui a guardar la nota en la página que debería haberme leído, vi que por la parte de atrás, estaba su teléfono.