lunes, 13 de agosto de 2018

Primera entrada



No puedo decir que todo empezó aquel sábado, pero si diré que aquel día 2 sería especial para el resto de mi vida. 

Hacía tiempo, pero no tanto, que conocí a LA persona. Esa persona que, sin un rostro bien definido, se había ido dibujando en mi cabeza con el paso de los años. Esa persona con la que querer ser. Esa persona que te entiende porque ve la vida con los mismos colores que tú, y que recorre las mismas sendas. 

Pero conocerla no implicaba que llegara a ser LA persona. Es más, la situación no era, porque en la vida de cada uno, hay días soleados, y días nublados. A ella me la encontré en esos días nublados, que en más de una ocasión acababa en tormenta. Me la encontré en un cruce de caminos, y supe que en su mano había restos de otra mano, que en algún momento la había acompañado. Pero por los ritmos de cada caminante, ya no iba. Se mostró generosa con todos los que aquel día la pedía ayuda, y conmovido por su gesto, me puse a su lado a ayudar. 

Y la vi. Y lo supe. Con ella el camino que me queda por delante, sería mejor. Que no tengo ni idea de por dónde ira ese camino, si subirá o bajará; si habrá que cruzar ríos, o puentes; o si hay que llevar la manga corta para el sol, o las botas de lluvia. Pero eso da igual. Sabía que con ella, el camino tomaría sentido, la dirección que parecía que no sabía encontrar yo. 

Comprendí en ese momento, que si alguna vez había dudado de ir bien encaminado o no, que ya esos miedos a haberme perdido, no volverían, porque había llegado a ella, y era a donde tenía que llegar, donde mi corazón quería, y donde mi cabeza buscaba. 

Y al ver su rostro, la imagen de mi cabeza completó el retrato de esa persona que nos hace felices. La persona que llega para quedarse. Nuestra compañera de camino... y de vida. 

Pero algo en su rostro me era familiar, como si la conociera de antes. Podía ser que el sentirme tan a gusto con ella hiciera sentirme así, como en casa. O realmente nos conociéramos de antes, de habernos visto en otro momento del camino, en alguna curva. 

Y hablando, sin darnos cuenta, habíamos empezado a andar. Avanzábamos por el mismo camino. Ella con sus dudas, y yo que las mías las dejé al encontrarme con ella. Poco a poco noté que a ella le gustaba el camino por el que íbamos, y que al ir juntos, el equipaje... pesa menos. 

Nos fuimos conociendo, en cada etapa, un poco más. Y nos atrevimos a cogernos de la mano. Una sensación nueva. De euforia, de nervios, de felicidad... Sus días volvían a brillar. Y no nos queríamos soltar. Al fin y al cabo, aquel camino, ofrecía las mejores vistas y la mejor compañía que podía soñar. 

Cada etapa, nuevas sonrisas. Cada paso, un sueño que crece, como las flores que adornan en sus ojos, mi alegría de vivir, y haberme encontrado con ella. Y en la mochila, los recuerdos que, en apenas siete meses de caminar desde aquel dos de diciembre, nos hemos encontrado en el camino. Recuerdos de una ruta que bombea al corazón vida y alegría. Belleza, bondad, emoción y ganas de aprender y descubrir, lo que la mueven a ella. Y ella, que me mueve a mí.

Suma... y sigue.

Publicado el 13 de agosto de 2018,
en Santa Cruz del Retamar (Toledo)

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